Observando a mi niña mientras estudia los números romanos

Ayer por la tarde, mientras observaba a mi hija haciendo su tarea, de repente sentí un nudo en la garganta.

Estaba tan concentrada, tan en silencio, que me acerqué con curiosidad… y resultó que estaba convirtiendo números romanos a números decimales.

Para mí, los números romanos siempre habían sido solo los que veía en los relojes antiguos, del I al XII, o en los libros de historia con expresiones como ‘siglo XV’ o ‘siglo XXI’. Pero los ejercicios que resolvía mi niña eran de miles… incluso números de 5 o 6 cifras.

Y lo hacía con tanta naturalidad, con tanta precisión, que me dejó asombrada.

“¿De verdad se aprende esto así de profundo…?” “¿Por qué en su colegio estudian los números romanos con tanto detalle?”

Con esa curiosidad, le pregunté a la miss del colegio, y su explicación fue realmente fascinante.

¿Por qué estudiar tan a fondo los números romanos?

La escuela a la que asisten mis niñas sigue el programa del IB (Bachillerato Internacional). Esta metodología educativa valora más el conocimiento contextual, el pensamiento crítico y la comprensión cultural que simplemente resolver ejercicios de forma mecánica.

Así que aprender los números romanos no es solo memorizar símbolos; es una oportunidad para integrar lenguaje, historia y pensamiento matemático en una sola experiencia.

Más que matemáticas

Los números romanos son completamente diferentes a los números arábigos que usamos a diario. No tienen valor posicional y se basan en repeticiones y combinaciones de letras.

Estudiar este sistema es una forma de que los niños comprendan la diversidad en los sistemas numéricos, desarrollen pensamiento estructurado y puedan conectar las civilizaciones antiguas con el mundo actual.

La maestra lo resumió de una forma que me encantó:

“Estudiar los números romanos es una lección de matemáticas, sí, pero también es una clase de historia y una forma de conocer las raíces del lenguaje.”

Latín, las raíces del español

Otro punto que me pareció muy interesante es que, como el español deriva del latín, familiarizarse con los números romanos y con la estructura del lenguaje de la antigua Roma puede ayudar a largo plazo a desarrollar mejor el sentido del idioma y la compresión lectora.

La verdad, no entendí del todo esta parte -porque no conozco bien la estructura del latín-, pero voy a guardar esa idea en mi mente para el futuro.

La tarea que mi niña resolvía con tanta concentración no era simplemente una actividad de matemáticas.

Era una ventana para aprender sobre el lenguaje, la historia y la capacidad de pensar con profundidad.

Y yo, desde un rincón, también descubrí un nuevo mundo gracias a una pequeña curiosidad inesperada.

Tal vez esa frase de “uno ve solo lo que sabe” sea cierta.

Hoy me prometo a mí misma no dejar pasar esas preguntas espontáneas, y hacer el esfuerzo de mirar un poco más allá, buscar, entender, y no tener miedo de aprender algo nuevo.